Siempre fui un chaval sanote, mi juventud estuvo dedicada al estudio sistemático, al deporte y en menos medida al cine y a la siempre ubicua literatura.
Descarrié pronto, al pasar de la sobreprotección colegial a la cantina del instituto, eso me marcó sobremanera, descubrí la siempre difícil pubertad. La vida se tornó en mi contra, tornasoló en camisetas proheavies y en chupitos de Greasy y granadina Rives, todo ello regado con mal vodka, amén de probar las mieles de los primeros días de Septiembre de otra forma: con mi culo pegado al asiento de los supensos.
Nos creíamos rebeldes y no dejábamos de repetir patrones, la anarquía no es posible cuando te acercas a los 30.
Mi despertar hormonal fue lento pero seguro, me daba cuenta de cómo salían pelos do antes reinaba la deforestación y fue en ese impreciso momento cuando no volvería a mirar a una mujer de la misma forma, allí quedó, olvidada, mi más básica y pueril infancia.
Más tarde que temprano fui comprendiendo que mi futuro no iba a ser el de un dandy donjuanesco, mi actitud frente a una tía siempre se basó en mi sonrojo y la pérdida repentina de la locuacidad y gracia de la que tan contento estaba y tan bien utilizaba en las partidas de billar u otro juego asociado a la juventud rebelde dónde unos dardos o unas monedas al Street Fighter suponía una incursión en la poblada selva de los tipos duros, esos que llamaban tanto la atención a esas chicas a las que yo no llamaba, ni la atención ni a sus hormonas.
El grupo de amigos del que formaba parte participante pero no ejecutante no se separaba fácilmente, ni siquiera para ver cómo la mayoría iba a disfrutar del movimiento de sus lenguas mientras los demás, o yo solo, miraban pensando en lo cabrón y afortunado que se era con tal o cuál muchacha y por supuesto también en lo buena que estaba la novia de Mengano.
Es chistoso, antaño, triste.
El camino me fue abriendo otros caminos menos rectos pero igualmente insulsos. El apego a mi primo, mayor que yo, hizo que creciera rápido en "su" grupo aguantando insultos y jugando duro a eso de vivir, no había sitio para nenazas en el mundo de aquella pléyade de hijos de puta del que me sentía orgulloso, por estar dentro, claro. Aquí las tías no contaban tanto pues el fútbol, la caza de pájaros y el noble arte de construir casetas en las higueras nos distraían mientras nos medíamos las pollas (más bien cucas) para ver quién era más hombre. En esto ocupábamos todo el tiempo.
Este período se pasó en unos meses, hasta que renegué de mi presente para apearme en mi pasado.
Volví por mis fueros, más hombre y menos chiquillo, eso si, mismos resultados, no me comía ni un colín por lo que las pajas agotadoras satisfacían mi insatisfacción carnal.
Todo esto cambió un día en el que por fin pude irme a la playa como todos aquellos que partieron ante mis estúpidos ojos como humanos y volvían como héroes, cogido de la mano de una chica.
El resultado me desagradó hasta el extremo, (no creo que lea este blog ni sepa de su existencia sino pues a quejarse y querellarse contra mi persona) no me esperaba aquello pero claro, la tía con la que me fui a la "guerra" no me gustaba lo más mínimo. Mi ansia estropeó el resultado.
Conocí más tarde a una chica con la que pasé ocho años de mi vida para luego ser fiel a mis principios y abandonarnos porque mi cuerpo anticipó, sin dejarme dormir más de dos horas seguidas durante un año, que aquello no era lo que quería y buscaba aquel chaval mojigato transformado en concienzudo gilipollas.
Hoy día considero que aquello me mal curtió. Pero encontré a mi otro, una persona que siempre busqué proponiéndomelo hasta que, hace dos semanas, encontré en una vuelta por el campo a esta chica de la que no me enamoré pero hizo que recordara mi primer beso tumbado en la playa y, debajo de mi, una mierda de perro. Para olvidar.
P.S. No se me ocurrió dejar a mi novia. Todavía comemos perdices.