
Tenemos curiosas formas de repetir. La pseudo-televisión esa que nos aleja y nos describe puerilmente nos enseña las formas de la repetición. Las reposiciones nos amuerman y nos idiotizan, hacen tragarse a la gente formas, colores, ideas, formatos, dibujos... estancos, algunos, muchos de ellos, muertos y manidos.
Las reposiciones de lo que ahora conocemos como "temporada" son de obligado régimen televisivo, régimen, por otra parte, tortuosamente espartano. Si incidimos un poco más en el hecho de la repetición, logramos descubrir la especialización de ésta en las reposiciones, sí, pero en las reposiciones a la carta, comúnmente votadas a través de una encuesta. De aquellos refritos estos lodos.
Encontramos entre los epígrafes de estas encuestas las directrices que siguen las cadenas, siempre buscando los mejores capítulos o quizá los más vistos. Ambas opciones son igualmente aceptables aún haciéndote elegir entre sólo una serie de capítulos elegidos subjetivamente por unos quiensabequienes o saber que por que haya tenido más audiencia no lo eleva en el Olimpo de la ficción. O sí.
Si me retracto puedo decir que suelo ver Los Simpson, los he visto hasta el hastío, hasta la repetición de diálogos, hasta ver cuánto aguantaba la incertidumbre de saber de qué capítulo se trataba, hasta el reconocimiento enfermizo de cualquier artificio fílmico o serial...
Todo esto me hace pensar como un encuestador de página web, que por otra parte no sé cómo será semejante individuo;¿ y si me dijeran de hacer una recopilación de los peores capítulos de Los Simpsons?
Difícil pregunta. Concienzuda retrospectiva directa a tantos capítulos, bromas, personajes que ya forman parte del imaginario popular, situaciones, nombres, formas de entender la cultura americana, formas de entender al ser humano, cameos...
Quizá me tenga que remontar al despegue de la serie en las que los personajes estaban monocromáticamente pergeñados, las situaciones eran aburridamente manidas y los giros del guión brillaban por su ausencia. No me fijo en el trazo y los decorados o en las formas inacabadas que sólo chillaban desconsoladas al ver que querían brillar y convertirse en lo que se han convertido porque algunas de las últimas temporadas utilizan el dibujo y el ordenador para tapar las vergüenzas de un guión, la forma se come al contenido ¿?
No sé concretar algún mal episodio, uno en que haya dicho aquello de "menuda mierda", cosa que me pasa últimamente al encender el aparatito.
NIHIL NOVUM SUB SOLE

Tiempo ha que no me paseo por estas líneas escritas en conatos de rabia, fuerza, ilusión o lo que quiera que me moviera algún día a ofrecer.
Nihil novum sub sole.
Miro por la ventana sucia de gotas de lluvia barrosas, pegadas al cristal, cómodas por la luz ténue de mi flexo, viéndome estudiar y rezongar al mismo tiempo. No hace mucho tiempo el tiempo plomizo me invitaba a la reflexión, arrebujado entre tés y humos nocivos pensaba en el futuro que no sé.
Leo a Delibes y sonrio ante la pueril risa del Mochuelo, la ingenuidad fatua, la poesía prosificada de los paisajes revierten, vuelven a su mundanidad y me calza cuatro hostias de realidad El Moñigo.
Empiezo a estudiar de nuevo y me acuerdo de un blog, de una memoria escrita en los albores del dospuntocerismo. Me sonrío, mis dientes espejean amarillentos ante los vecinos del bloque de enfrente a la vez que me cuestiono si es posible ver un mosquito en pleno mes de Octubre sobrevolando la habitación. Viene a dar un rato por culo. Es su cometido. Lo es. Hembras.
Pienso en mi viaje a Sitges. Zombies y sangre, cine y sentimientos, he de volver y ver más películas, este año me ha sabido a poco, muy poco, poquísimo.
Creo que he vuelto pero creo que no he cambiado. Sigo con Delibes y no precisamente de novio.
Hace tiempo, mucho tiempo quizá, que Francis Ford Coppola no saca ninguna obra maestra de su cámara que todo lo puede y todo lo filma (a la espera de que vea la luz Tetro, su esperado film) por lo que me voy a centrar en un pilar básico de su filmografía, Apocalypse Now. Pensarán que la susodicha filmografía tiene desmasiados pilares básicos pero el cuerpo me pide abogar por la faceta bélica porque sus incursiones en otros géneros son tan o más conocidos que la película a la que intentamos honrar, ahí quedarán para todos los que no las hayan visto, craso error pues son egregios monumentos al séptimo arte, Drácula de Bram Stoker o El Padrino.
Es Apocalypse Now un film sobre la guerra de Vietnam, aquella guerra que dejó más desquicio y enfrentamientos que réditos, una guerra que, a la espera de ver las consecuencias reales de Irak, dejó miles de víctimas corpóreas y miles de víctimas mentales, las secuelas aún perduran y qué mejor que recordarlas y verlas en su máxima crueldad en este film bélico.
Coppola se vale de un reparto de lujo para llevar a buen puerto tan ciclópea tarea, el capitán Willard (Martin Sheen), un soldado atribulado y apegado al olor de Vietnam es reclutado para que mate al coronel Kurtz (un espléndido Marlon Brando), un ex boina verde que se ha apartado del mundo de los vivos para recluirse con su propio ejército en la profundidad de la selva, un Marlon Brando que se erige en susurro durante todo el film y cuando realmente lo vemos no es más que una sombra de un pequeño dios al que todos alaban y obedecen fielmente, un dios que se alimenta del horror y que espera ser derrocado por su igual, un Martin Sheen que lo comprende y le horroriza.
Si nos salimos un poco del hilo argumental puro y duro nos podemos encontrar con un elenco de personajes que ayudarán al capitán Willard a encontrar su indefectible camino, y es aquí y por encima de todos cuando aparece el personaje de Robert Duvall. En un rol que parece no ir con él, Duvall se destapa como un alto mando del ejército estadounidense loco por el surf más arriesgado, un demente con los suficientes cojones como para no inmutarse ante las balas que mueren a su lado o para afirmar que no hay nada mejor que el olor a napalm por las mañanas. Impresionante.
Una película de este calibre atesora clases magistrales del arte fílmico, Coppola sabe como nadie que cámara y planos utilizar para adentrarnos en las atormentadas vidas de sus personajes, recuerdo el principio del film que muestra a un Sheen en un estado lamentable, al borde de la locura y la borrachera, todo enjugado por la canción de los The Doors “The end”; el batallón de helicópteros formado y al ataque al son de Wagner, las sombras que apenas dejan ver a un intocable Brando (a Coppola le debió gustar mucho el cine expresionista de Murnau, Drácula está ahí para afimarlo), la subido por el río con la barcaza… El etcétera es largo, demasiado largo para que mis palabras hagan un elogio como se merece a tan ilustre película.
Este film estuvo plagado de anécdotas e impedimentos que llevaron a decir al director que aquello no fue un film sobre Vietnam sino que aquello era el propio Vietnam. Véanla y si hace tiempo que no la han visto vuelvan a dedicar tres horas de sus vidas a sentarse frente al televisor.
- Pues si, la verdad.
- ¿Tenemos queso en la nevera?
- Es posible que no. Un momento, ¿no compraste una cuña el año pasado?
- Eso es agua pasada, un buen baño no me vendría mal, este calor me está matando.
- Pídete una caña.
- Te he dicho un huevo de veces que no me gusta la cerveza, mejor me pido un gintonic.
- Eso está mejor, me pido yo otro.
- ¿Cómo hemos llegado a esto?
- Piénsalo mientras me acerco a la barra, ¿quieres limón exprimido?
- Lo que no quiero es un trozo de pepino, no me gustan las rodajas de pepino flotando en mi ginebra, ¿a quién le gusta esa mierda? ¡Qué manera más asquerosa de beberse una Seagram´s!
- No te preocupes, quizá sea la última de la temporada, no hay tiempo para más, esto se está acabando.
- Cuando llegue a mi casa me haré un sandwich, una pena, no tengo queso.
No me siento estúpido, más bien me siento tonto, qué le voy a hacer yo si me bombardean todos los días con carteles que rezan aquello de "yo no soy tonto" si compro; no compro, por tanto soy tonto. Silogismos aparte, éticas de firma roja, las marcas se tambalean, se ciernen sobre nuestras cabezas subyugando nuestro gaznate, no demos de lado a las marcas, démosles por culo (otra forma reconfortante y reconstituyente del tradicional sexo atávico). Recuerden: yo no soy tonto pero me gustan que me den bien por culo.
Culo.
La sensación de malestar por tener algo en mi sagrado agujero sin estar alojado allí físicamente me jode pero me hace infinitamente feliz ante la figura de Marcellus Wallace, no es lo mismo estar esperando que esperar a Seth. La redención siempre puede esperar si estás a mil jodidas millas de estar bien acompañado de un par de negros empapados en crack. Definitavemente no es lo mismo que te guste la Edad Media que disfrutes practicando el medievo en el culo de un puto degenerado, no es lo mismo hacerse pajas con revistas de interiorismo, no, no es lo mismo.
La mismidad misma.
Tiempo de los mismos líderes que vuelven y han envejecido tan mal que se creen conservados y realzados por barricas de roble, su contenido no se basa en una extraña y deliciosa mezcla de monastrell y syrah, no, su base es el hollejo rojo casi negro empozado en el fondo de sus preciosos culos, más que preciosos, ególatras. En tiempos difíciles es hora de llamar al señor Lobo, darle una buena taza de café y dejar que organice el trabajo para bajarnos los humos, recuerden que ser una personalidad no implica tener personalidad.
Personalidad.
Se extingue la personalidad de una generación entre la que me crié (¿o no?) y parece que la tradición de la ruptura se ha cumplido con creces, se olvidan a los clásicos cuando el (puto)Amo del calabozo lanza gemidos de satisfacción cuando recibe los royalties que él mismo desconoce, la polla de Seth es alargada. Se ciernen nubarrones negros, se ha derramado sangre esta noche en DEC.

Miro con perplejidad el teclado de mi portátil y observo qu la ltra e sólo aparece algunas vecs y me prgunto qué podría pasar sin mi ltra e, qué pasará si dejo de scribir sin la susodicha vocal, mi escritura pasaría a catalogarse como un texto sms, el tipo de textos tan excrmenticios pero tan altamente económicos y certeros que sin esta escritura no xistirían los sms como tal.
Amaparada ntre la W y la R mira en derredor y se ve obsoleta pero se sabe importante, la e no sufr síntomas que anuncien su muerte, sólo mira l ordenador que la contiene y se da cuenta d que su sino huele a perpetuidad pero el portátil da muestras d vejez y decrepitud y ya no recuerdo cuándo lo compré, sólo recuerdo que gasté la parte de una beca que me concedieron (cuantiosa parte) hace ya mucho tiempo.
La vocal e no sufre el paso del tiempo, lo sufre el teclado y por consiguiente lo sufro yo.
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
No logro columbrar el techo de la habitación, ese techo lleno de estrellas pegadas macabramente para alguien harto de oscuridad. Estoy completamente bañado en un frío sudor (tendría que deshacerme de esta sofocante manta), las sábanas han logrado ahogarme dulcemente.
Logro mirar el impasible reloj, no puede ser, otra vez. No logro llegar e entender qué me hace despertar durante muchas noches a la misma hora, en medio de la madrugada. Ni siquiera una desértica sed aunque mi lengua abogue por un buen trago después de una noche de absenta.
Cada vez me cuesta más enrostrarme con el infausto reloj que me recuerda y me ajetrea, me subyuga y despierta. ¿Por qué he de dejar mi falsa muerte?
La oscuridad es casi total pero aún no es perentoria, me encuentro ufano entre indescriptibles sensaciones de penumbra y desconocimiento. No creo que alguien logre observarme recostado, sudoroso, expectante ante la incertidumbre de no poder palpar más allá de la tenue luz que emana de mi inseparable compañero. Ahí está, hierático, encima de una vieja mesilla, roída por el tiempo que no la ha perdonado.
No quiero encontrar la luz, no quiero separarme del pegajoso y untuoso calor que me acuna, la verdad es que estaría bien volverme a dormir.
Malditas estrellas que martillean mi vaga vista, ¡malditas sean! Una a una forman un borroso cosmos ante mis miopes ojos, un cosmos en mi negro techo, un cosmos colocado quién sabe cuándo y quién sabe por qué.
Mis pies disienten de mi cuerpo, están gélidos, mejor sería no acercarlos a ninguna parte de mi ardiente físico. Es extraña la sensación de sentirse vivo, ardiente, casi magmático, y a la vez gélido, helado por un marmóreo frío desazonante en mitad de una insomne noche.
Qué malévolo azar del destino me hace surgir de mi oneroso estado onírico para catapultarme a un desasosegante estado de vigilia. Todas las noches vuelve a molestarme, no podré seguir así mucho tiempo. Creo que estaría bien volverme a dormir.
Pero creo que ahora tengo miedo a lo que me rodea (estoy harto de vagar por esta misma habitación todas las tardes cuando me dedico a mis lecturas). No sé, creo que tengo miedo y quiero no mirar, no tener ojos. El frío ha conseguido usufructuar con mi antes fogoso cuerpo. Me castañetean los dientes, sólo esto malogra la quietud del silencio, no quiero tener dientes (ah, mi querida Berenice). Las sábanas me envuelven por completo en esta inmensa soledad amparada por mi pequeña y desdibujada galaxia y por este maldito reloj expectante, guardián que no deja de mirarme cual Argos con sus mil ojos. Me atrevo a sacar la temblorosa mano de entre la pesada manta envolvente, quiero que no me observe desde lo alto de esa maltrecha mesilla, excrutador, marcando el imparable suceder del tiempo. No puedo… Creo que estaría bien dormirse.
Estoy verdaderamente aterrorizado, la consuetidunaria familiaridad de las cosas que creo que me rodean no me apaciguan, no se si están ahí y si lo están,creo que se ciernen amenazantes, alejándome de mi ahora candoroso estado onírico. Estoy verdaderamente compungido de la escalofriante fría noche que me turba. Me ahogo entre las sábanas, me hundo, debo salir, enrostrar la arcana oscuridad. Pero me falta valor, no sé, me falta valor y creo que estaría bien dormirse ahora, ya.
Creí haber dormido durante centurias, logré abrir los ojos y colegir la misma ofuscación, el mismo desamparo y por supuesto, allí en el intangible techo, las mismas luces apagadas y el impávido reloj a mi siniestra.
Mi inerme cuerpo volvía a estar empapado, sudoroso. Ya no tenía miedo, mi pánico había desaparecido, sin embargo no quería extender ambas manos y palpar la envolvente negrura rota por dos tristes haces. No quería, no me atrevía y no tenía un justificado temor.
Tenía la impresión de necesitar un reparador sueño que me hiciera olvidar estas eternas noches desasosegantes, creo que necesitaba dormir, no estaría mal caer en los brazos de la expectante noche. No estaría mal dormir un buen rato.
Pero ese tenue y a la vez pulcro haz de luz, de maldita luz… Quiero ser lo suficientemente osado para poder sacar, a tientas, mi mano, mi trémula mano, y poder derrocar aquel impertérrito descontador de vida de su conspicuo bastión que me atenaza y parece solazarse de mi ya perdida gallardía. Aunque no tengo miedo sé que no me voy a atrever.
Alboroto, un deseo. Un fulgor, un anhelo. Compañía, utopía.
Silencio, espesa negrura, inquieta soledad. No debo dejarme seducir por estas tres instigadoras realidades que me abruman, que me rodean.
Mi mano disiente de mi atenazado cuerpo, lenta en la sombra, siguiendo el iluminado camino… cinco contra uno es mayoría.
Me aparto porque viene decididamente a por mí. Me hundo en el verde légamo…













