Lo tenía a cinco pasos y me parecía un desgraciado.
Las primeras impresiones me condicionan cuando, ante mi supuesta salvación, me encuentro con semejante borracho, beodo de barra y tercio, rancio, mohíno, asqueroso.
No fue fácil dar con alguien que pudiera orientarme en este mundo en el que no podía andar de la misma manera sabiendo de mis poderes concedidos, no he perdido estos extraños reflejos heroicos que dañan y zahieren a colchón que ven. Las cavilaciones mientras me dirigía al bar donde me citó este extraño pero borrachín personaje me rondaban la cabeza, era imperiosa la necesidad de conocer a gente de mi especie, escupirle a la cara aquello de que rajaba colchones con el capullo y que no se riera de mi sino que me entendiera y me apaciguara, que me dijera que él..., no sé,... tuviera hirsutismo, aún siendo un hombre, en los sobacos y entonces yo me reiría y pondría cara de entusiasmado cuando en realidad no entiendo una mierda de lo que me dice e interiormente me corroe la pregunta de para qué cojones dirá éste que eso es un superpoder.
Todo esto pensaba y más, hasta que llegué al bar dónde me citó,
La Bodeguilla del Casino, entré y lo distinguí porque era el único acodado en la barra, una buena taza de lo que yo creí café se diluía por su garganta de esparto.
Lo tenía a tres pasos y me parecía un personaje.
Tenía una gorra en la barra y estaba dormitando, pedí un gintonic cortito de tonic ante la portentosa estantería que mostraba el garito, le pregunté que si era él, me dijo que si, se pidió un coñá (sic) y emitió un extraño sonido con su garganta. Esto no va a ningún lado piensas cuando te atascas en estos sumideros que te llenan de angustia pero te da igual porque lo importante es participar.
Le conté mis superproblemas y su cara no mostró más que los mohines característicos de un bebdo que se pide siete coñacs mientras tu llevas medio martillazo y asiente y te dice cosas indescifrables para un neófito como yo en el mundo de la licra y los calzoncillos tintados. No te preocupes amigo mío, me dice, yo no me caliento tanto la cabeza como tú, nene, mira yo nací con extraños poderes que descubrí de casualidad a los diecitantos años cuando probé el coñá y descubrí que mi cuerpo era incapaz de sentir el frío, no tengo nunca frío, chaval.
En las katorgas siberianas, los presos se dedicaban a contar los postes que les recluían, un día tras otro, un hobby asumible, y es ahí donde mandé en mi imaginación a semejante salvador de nadie, a contar postes y a picar piedras en la Siberia más inhóspita y congelada, instantes después, muy muy seguido, lo mandé también a tomar por culo.
Tu nombre. Soy
Soberano.
Pagué mi gintonic a la guapa camarera y desandé.
Lo tuve a siete pasos y me cagué en mi puta suerte.
*Dedicado al Lorqui. Ese personaje.