01 julio, 2009

APOCALYPSE NOW


Hace tiempo, mucho tiempo quizá, que Francis Ford Coppola no saca ninguna obra maestra de su cámara que todo lo puede y todo lo filma (a la espera de que vea la luz Tetro, su esperado film) por lo que me voy a centrar en un pilar básico de su filmografía, Apocalypse Now. Pensarán que la susodicha filmografía tiene desmasiados pilares básicos pero el cuerpo me pide abogar por la faceta bélica porque sus incursiones en otros géneros son tan o más conocidos que la película a la que intentamos honrar, ahí quedarán para todos los que no las hayan visto, craso error pues son egregios monumentos al séptimo arte, Drácula de Bram Stoker o El Padrino.


Es Apocalypse Now un film sobre la guerra de Vietnam, aquella guerra que dejó más desquicio y enfrentamientos que réditos, una guerra que, a la espera de ver las consecuencias reales de Irak, dejó miles de víctimas corpóreas y miles de víctimas mentales, las secuelas aún perduran y qué mejor que recordarlas y verlas en su máxima crueldad en este film bélico.


Coppola se vale de un reparto de lujo para llevar a buen puerto tan ciclópea tarea, el capitán Willard (Martin Sheen), un soldado atribulado y apegado al olor de Vietnam es reclutado para que mate al coronel Kurtz (un espléndido Marlon Brando), un ex boina verde que se ha apartado del mundo de los vivos para recluirse con su propio ejército en la profundidad de la selva, un Marlon Brando que se erige en susurro durante todo el film y cuando realmente lo vemos no es más que una sombra de un pequeño dios al que todos alaban y obedecen fielmente, un dios que se alimenta del horror y que espera ser derrocado por su igual, un Martin Sheen que lo comprende y le horroriza.


Si nos salimos un poco del hilo argumental puro y duro nos podemos encontrar con un elenco de personajes que ayudarán al capitán Willard a encontrar su indefectible camino, y es aquí y por encima de todos cuando aparece el personaje de Robert Duvall. En un rol que parece no ir con él, Duvall se destapa como un alto mando del ejército estadounidense loco por el surf más arriesgado, un demente con los suficientes cojones como para no inmutarse ante las balas que mueren a su lado o para afirmar que no hay nada mejor que el olor a napalm por las mañanas. Impresionante.


Una película de este calibre atesora clases magistrales del arte fílmico, Coppola sabe como nadie que cámara y planos utilizar para adentrarnos en las atormentadas vidas de sus personajes, recuerdo el principio del film que muestra a un Sheen en un estado lamentable, al borde de la locura y la borrachera, todo enjugado por la canción de los The Doors “The end”; el batallón de helicópteros formado y al ataque al son de Wagner, las sombras que apenas dejan ver a un intocable Brando (a Coppola le debió gustar mucho el cine expresionista de Murnau, Drácula está ahí para afimarlo), la subido por el río con la barcaza… El etcétera es largo, demasiado largo para que mis palabras hagan un elogio como se merece a tan ilustre película.


Este film estuvo plagado de anécdotas e impedimentos que llevaron a decir al director que aquello no fue un film sobre Vietnam sino que aquello era el propio Vietnam. Véanla y si hace tiempo que no la han visto vuelvan a dedicar tres horas de sus vidas a sentarse frente al televisor.

12 mayo, 2009

IDEAS PULP

Tras mucho tiempo tras el pelotón de fusilamiento llega de nuevo el verano tan caluroso como pegajoso, mis camisetas muestran ya las manchas bajo mis sobacos cada vez que me atrevo a salir a la calle y mi frente pide agua sin saber que lo mejor estará por llegar. Sudando también estamos vivos. Me encuentro en una conversación estúpida con mi ordenador como aquellas en las que no se sabe qué decir frente a un amigo absurdo:

- Qué rápido se pasa el año.
- Pues si, la verdad.
- ¿Tenemos queso en la nevera?

- Es posible que no. Un momento, ¿no compraste una cuña el año pasado?
- Eso es agua pasada, un buen baño no me vendría mal, este calor me está matando.
- Pídete una caña.

- Te he dicho un huevo de veces que no me gusta la cerveza, mejor me pido un gintonic.
- Eso está mejor, me pido yo otro.
- ¿Cómo hemos llegado a esto?

- Piénsalo mientras me acerco a la barra, ¿quieres limón exprimido?

- Lo que no quiero es un trozo de pepino, no me gustan las rodajas de pepino flotando en mi ginebra, ¿a quién le gusta esa mierda? ¡Qué manera más asquerosa de beberse una Seagram´s!
- No te preocupes, quizá sea la última de la temporada, no hay tiempo para más, esto se está acabando.
- Cuando llegue a mi casa me haré un sandwich, una pena, no tengo queso.

Seguid bebiendo, estúpidos.

No me siento estúpido, más bien me siento tonto, qué le voy a hacer yo si me bombardean todos los días con carteles que rezan aquello de "yo no soy tonto" si compro; no compro, por tanto soy tonto. Silogismos aparte, éticas de firma roja, las marcas se tambalean, se ciernen sobre nuestras cabezas subyugando nuestro gaznate, no demos de lado a las marcas, démosles por culo (otra forma reconfortante y reconstituyente del tradicional sexo atávico). Recuerden: yo no soy tonto pero me gustan que me den bien por culo.

Culo.


La sensación de malestar por tener algo en mi sagrado agujero sin estar alojado allí físicamente me jode pero me hace infinitamente feliz ante la figura de Marcellus Wallace, no es lo mismo estar esperando que esperar a Seth. La redención siempre puede esperar si estás a mil jodidas millas de estar bien acompañado de un par de negros empapados en crack. Definitavemente no es lo mismo que te guste la Edad Media que disfrutes practicando el medievo en el culo de un puto degenerado, no es lo mismo hacerse pajas con revistas de interiorismo, no, no es lo mismo.

La mismidad misma.


Tiempo de los mismos líderes que vuelven y han envejecido tan mal que se creen conservados y realzados por barricas de roble, su contenido no se basa en una extraña y deliciosa mezcla de monastrell y syrah, no, su base es el hollejo rojo casi negro empozado en el fondo de sus preciosos culos, más que preciosos, ególatras. En tiempos difíciles es hora de llamar al señor Lobo, darle una buena taza de café y dejar que organice el trabajo para bajarnos los humos, recuerden que ser una personalidad no implica tener personalidad.


Personalidad.

Se extingue la personalidad de una generación entre la que me crié (¿o no?) y parece que la tradición de la ruptura se ha cumplido con creces, se olvidan a los clásicos cuando el (puto)Amo del calabozo lanza gemidos de satisfacción cuando recibe los royalties que él mismo desconoce, la polla de Seth es alargada. Se ciernen nubarrones negros, se ha derramado sangre esta noche en DEC.


06 abril, 2009

AHORA QU NO M FUNCIONA LA E


Miro con perplejidad el teclado de mi portátil y observo qu la ltra e sólo aparece algunas vecs y me prgunto qué podría pasar sin mi ltra e, qué pasará si dejo de scribir sin la susodicha vocal, mi escritura pasaría a catalogarse como un texto sms, el tipo de textos tan excrmenticios pero tan altamente económicos y certeros que sin esta escritura no xistirían los sms como tal.


Amaparada ntre la W y la R mira en derredor y se ve obsoleta pero se sabe importante, la e no sufr síntomas que anuncien su muerte, sólo mira l ordenador que la contiene y se da cuenta d que su sino huele a perpetuidad pero el portátil da muestras d vejez y decrepitud y ya no recuerdo cuándo lo compré, sólo recuerdo que gasté la parte de una beca que me concedieron (cuantiosa parte) hace ya mucho tiempo.


La vocal e no sufre el paso del tiempo, lo sufre el teclado y por consiguiente lo sufro yo.


  Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

Francisco de Quvedo
03 abril, 2009

CINCO CONTRA UNO

Me aparto porque viene decididamente a por mí. Me hundo en el verde légamo. La luz me vuelve a inquietar, mi trémula carne me pide calor a gritos. Ella se ha ido, me ha dejado inane, pacato ante las aguas ocres que acechan mi enjuto cuerpo. Algo me aprieta en el vientre, he de saciar el impulso. Quiero subir hasta allí arriba pero me cuelo entre los estratos de esta tierra fangosa. Subrepticiamente mi boca de limo llama inconstante. ¡Suelta, suelta! Las incombustibles gotas que caen, que suenan y no pararán nunca, nunca, nunca. Amenazante clepsidra alborotadora, famélica de tiempo. Ruido. Estruendo cercano… despierto.
No logro columbrar el techo de la habitación, ese techo lleno de estrellas pegadas macabramente para alguien harto de oscuridad. Estoy completamente bañado en un frío sudor (tendría que deshacerme de esta sofocante manta), las sábanas han logrado ahogarme dulcemente.


Logro mirar el impasible reloj, no puede ser, otra vez. No logro llegar e entender qué me hace despertar durante muchas noches a la misma hora, en medio de la madrugada. Ni siquiera una desértica sed aunque mi lengua abogue por un buen trago después de una noche de absenta.
Cada vez me cuesta más enrostrarme con el infausto reloj que me recuerda y me ajetrea, me subyuga y despierta. ¿Por qué he de dejar mi falsa muerte?
La oscuridad es casi total pero aún no es perentoria, me encuentro ufano entre indescriptibles sensaciones de penumbra y desconocimiento. No creo que alguien logre observarme recostado, sudoroso, expectante ante la incertidumbre de no poder palpar más allá de la tenue luz que emana de mi inseparable compañero. Ahí está, hierático, encima de una vieja mesilla, roída por el tiempo que no la ha perdonado.


No quiero encontrar la luz, no quiero separarme del pegajoso y untuoso calor que me acuna, la verdad es que estaría bien volverme a dormir.
Malditas estrellas que martillean mi vaga vista, ¡malditas sean! Una a una forman un borroso cosmos ante mis miopes ojos, un cosmos en mi negro techo, un cosmos colocado quién sabe cuándo y quién sabe por qué.
Mis pies disienten de mi cuerpo, están gélidos, mejor sería no acercarlos a ninguna parte de mi ardiente físico. Es extraña la sensación de sentirse vivo, ardiente, casi magmático, y a la vez gélido, helado por un marmóreo frío desazonante en mitad de una insomne noche.
Qué malévolo azar del destino me hace surgir de mi oneroso estado onírico para catapultarme a un desasosegante estado de vigilia. Todas las noches vuelve a molestarme, no podré seguir así mucho tiempo. Creo que estaría bien volverme a dormir.


Pero creo que ahora tengo miedo a lo que me rodea (estoy harto de vagar por esta misma habitación todas las tardes cuando me dedico a mis lecturas). No sé, creo que tengo miedo y quiero no mirar, no tener ojos. El frío ha conseguido usufructuar con mi antes fogoso cuerpo. Me castañetean los dientes, sólo esto malogra la quietud del silencio, no quiero tener dientes (ah, mi querida Berenice). Las sábanas me envuelven por completo en esta inmensa soledad amparada por mi pequeña y desdibujada galaxia y por este maldito reloj expectante, guardián que no deja de mirarme cual Argos con sus mil ojos. Me atrevo a sacar la temblorosa mano de entre la pesada manta envolvente, quiero que no me observe desde lo alto de esa maltrecha mesilla, excrutador, marcando el imparable suceder del tiempo. No puedo… Creo que estaría bien dormirse.


Estoy verdaderamente aterrorizado, la consuetidunaria familiaridad de las cosas que creo que me rodean no me apaciguan, no se si están ahí y si lo están,creo que se ciernen amenazantes, alejándome de mi ahora candoroso estado onírico. Estoy verdaderamente compungido de la escalofriante fría noche que me turba. Me ahogo entre las sábanas, me hundo, debo salir, enrostrar la arcana oscuridad. Pero me falta valor, no sé, me falta valor y creo que estaría bien dormirse ahora, ya.


Creí haber dormido durante centurias, logré abrir los ojos y colegir la misma ofuscación, el mismo desamparo y por supuesto, allí en el intangible techo, las mismas luces apagadas y el impávido reloj a mi siniestra.
Mi inerme cuerpo volvía a estar empapado, sudoroso. Ya no tenía miedo, mi pánico había desaparecido, sin embargo no quería extender ambas manos y palpar la envolvente negrura rota por dos tristes haces. No quería, no me atrevía y no tenía un justificado temor.


Tenía la impresión de necesitar un reparador sueño que me hiciera olvidar estas eternas noches desasosegantes, creo que necesitaba dormir, no estaría mal caer en los brazos de la expectante noche. No estaría mal dormir un buen rato.
Pero ese tenue y a la vez pulcro haz de luz, de maldita luz… Quiero ser lo suficientemente osado para poder sacar, a tientas, mi mano, mi trémula mano, y poder derrocar aquel impertérrito descontador de vida de su conspicuo bastión que me atenaza y parece solazarse de mi ya perdida gallardía. Aunque no tengo miedo sé que no me voy a atrever.


Alboroto, un deseo. Un fulgor, un anhelo. Compañía, utopía.
Silencio, espesa negrura, inquieta soledad. No debo dejarme seducir por estas tres instigadoras realidades que me abruman, que me rodean.
Mi mano disiente de mi atenazado cuerpo, lenta en la sombra, siguiendo el iluminado camino… cinco contra uno es mayoría.


Me aparto porque viene decididamente a por mí. Me hundo en el verde légamo…
11 febrero, 2009

DOMAR A LA DIVINA GARZA

Les debo confesar una cosa, cuando escuché por primera vez el nombre del escritor mexicano ganador del Premio Cervantes de hace unos años, el rictus de mi cara fue el de desconocimiento y asombro. El nombre del susodicho no es otro que el de Sergio Pitol.

Ipso facto quise empaparme de la literatura que ha hecho que un jurado como el del Premio Cervantes, el más importante de las letras españolas, se haya erigido con tan preciado galardón. En un primer momento dudé de la novela que sería la adecuada para empezar a leer a Pitol, pues, la primera novela que se lee de un autor es la que nos sumirá en su poética, en su mundo y, por tanto, nos cautivará o nos defraudará. Después de una larga vacilación compré una: Domar a la divina garza.


Para empezar diré que es una novela con un primer capítulo atípico, pues en él, el escritor nos da las claves que le van a llevar a escribir las páginas que siguen. Por tanto podríamos hablar de una metaliteratura, de unos personajes y una ciudad de los que sabemos ya, desde un primer momento, del porqué de su plasmación, de su invención por parte del escritor.


Una vez pasado este capítulo, empezamos la verdadera historia en la que conocemos al protagonista, Dante C. de la Estrella, personaje que contará un estupendo relato a la familia Miralles. Es este relato el que vertebra todo el libro y sólo se verá interrumpido por las manías y desaires del propio Dante o por la familia que lo sufre.

En la historia principal conoceremos a uno de los personajes más divertidos, inclasificables y fascinantes con los que he tenido el placer de encontrarme: Marietta Karapetiz.


Poco a poco nos vamos sumiendo en la novela, en las relaciones tan humanas que en ella se dan, en un clima excrementicio (rematado con el divertidísimo final del cuento de Dante) palpante… Vamos encontrando una Estambul odiada por el relatador, un amor incipiente que no es tal, el profuso amor a Gogol, una oda a las primeras impresiones (el encuentro con Marietta) y muchísimo más.

Por tanto, Sergio Pitol se gusta de hacer una obra maestra de la literatura mexicana que rebosa humor, se lee con impresionante voracidad y que muestra bajo su aparente sencillez una estructura de profundidad y una vastísima cultura.


Ahora les puedo decir que mi elección fue acertada (súper acertada, vulgo dicto).

30 diciembre, 2008

EL LEGADO

¿Han muerto alguna vez? No, no me contesten si están leyendo esto, por favor. No sean cínicos. Yo, no lo pretendo.
Morí hace cinco años (creo) y no soy capaz de recordar muchas anécdotas de una vida frugal. Aunque, no me pregunten por qué, si que soy capaz de recordar ahora mismo y en cualquier instante, algunos aspectos de mi aviesa existencia y un breve diálogo que tuve, tiempo ha, con alguien (¿quién?):


- Pues una cosa te voy a decir…

- Ya empiezas.

- Déjame que te lo diga.

- Vale, vale, no te interrumpo más..

- A ver si es verdad. Quiero que sepas que a un amigo lo elijo por su apariencia…

- ¡Vaya!

- No me interrumpas, por favor. Y a un enemigo lo escojo por su inteligencia.

- Hombre, eres hábil para saber rechazar a la gente.

- No es eso, he de conocerla antes.

- Pues yo creo que los verdaderos amigos no existen. No, no existen. Es más, alguien escribió una vez que uno nunca se entristece del todo con la desgracia de un amigo.

- Veo que eres un auténtico mal nacido.

- Bueno, piénsalo.


Pienso que nunca me he dado cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo, de su impertérrita delicuescencia. Pero de qué vale arrepentirse ahora. No creo que deba de estar orgulloso de lo que he hecho, de a quien he conocido.
Es ahora cuando miro atrás y logro sentir el tiempo conocido escapándose por entre los dedos de mis manos, tocándome los vetustos surcos de mi cara.
Sé con certeza que mucha gente se sintió decepcionada conmigo, ultrajada y desposeída de su más alta estima al tratar conmigo, lacerada al sentir la breve pátina de mi mirada.


Recuerdo vagamente que me gustaba mirar en derredor y jactarme de la soledad, solazarme en mi profunda avaricia vital. Creo que ya se están creando un juicio, pero, por favor, lean mis palabras y dejen a un lado mi persona.
He conocido a muchas personas, algunas de ellas, las más conspicuas de su clase, otras, las menos, las más abyectas y despreciables. Aunque, por qué no decirlo ahora pasado el tiempo, yo he sido el peor ser humano que he conocido, el de más baja calaña, de una miseria moral enervante, misógino hasta la médula, un ácrata que no creía en nada ni en nadie, a quien la ley le parecía una mera excusa para la subyugaciòn del pueblo, aunque, para serles sincero, yo no pensaba en el pueblo, pensaba sólo en mí.


Solía acudir a fastos en los que se reclamaba mi egregia presencia, empero, disfrutaba mucho más organizando conciliábulos regados de alcohol y abundantes viandas. La más amarga de las razones (ahora me doy cuenta) me llevaba a semejantes cenáculos; me gustaba invitar a personas de baja condición social, tipos idiotas que no sabían cohesionar dos simples pensamientos y soltarlos por sus desdentadas bocas, universitarios a los que me gustaba impeler mediante mis viles y torvas ideas y, por supuesto, sabía que no me iban a contestar estupideces preñadas de la más antigua retórica barata. Me enorgullecía en atraer a lenguaraces jóvenes con nula capacidad a la réplica, sin embargo, algo de lo que ahora me he de sonrojar, es de permitir que algunas mujeres de casas de latrocinio cercanas, se acercaran por mi casa y las insultara y denostara hasta que se sintieran más basura de lo que eran; era este momento de aquellas innúmeres noches en las que fustigaba a aquellas furcias, en las que me sentía poderoso, magnánimo ante sus párvulas cabezas y sus intimidados ojos que refulgían de terror y, por que no decirlo de nuevo, asco; un asco extremo, el más amargo de los ascos al ver (supongo) a un hombre de tal calidad moral, de tal capacidad de humillación.


Pero creo que estas famosas cenas no duraron mucho, realmente no tengo la capacidad de acordarme de cuántas organicé. Quizá fueron cinco, quizá fueron cincuenta.
A estas alturas ya se estarán preguntando que a qué demonios me dedicaba y cuál era mi condición social. Es algo que no ha quedado bien grabado en mi frágil memoria. Lo que sé a ciencia cierta es que me aproveché de un familiar mío que poseía gran poder en la zona en que vivía. Si, fui un nepotista, alguien a quien le gusta escalar posiciones sin tocar la mugre de clases inferiores, de gentes apestadas y sarnosas cuyas casas infestadas de ratas, desprendían el olor nauseabundo y agrio de la insalubridad.


De algo que me acuerdo bien es de mi pequeño palacete de estilo renacentista, perfectamente ornado en su tejado, por un pequeño cimborrio gótico que hice construir y no me digné a retribuir. En esta pequeña torre conminé a instalar una diminuta recámara en las que apilé mi exorbitante colección de deliciosas figuras cuidadosamente coleccionadas a lo largo de los años. Si de algo se me puede acusar es de fetichista, aunque eso si, el mas delicado y exhaustivo de los fetichistas a los que conocí, que, por cierto, no fueron ni muchos ni muy delicados y exhaustivos.


La lacerante apatía que, creo, les estoy haciendo despertar de su largo letargo de armonía y filantropía creo que es injustificada porque, créanme si les digo que pagaría algunos cientos de copecs por ver qué habrían hecho ustedes en mi posición. No me degraden de antemano y sólo por unas míseras líneas.
Si he de decir algo más de mi confusa existencia que no me lo impidan los vagos recuerdos (y puede que a ustedes no les importe), es que fui un escritor diletante. No me ganaría nunca una soldada con mis paupérrimos escritos aunque, para ser sincero, lo intenté, lo intenté en varias ocasiones ya que ese realismo imperante en la literatura no era para mí. He de decir que fracasé en los intentos de poder hacer apreciar a la gente que mi obra era excelsa, magníficamente estructurada y de una cohesión y profundidad moral y vital sin parangón. Nadie me entendió, ni siquiera llegaron a columbrar mi osadía literaria. Que se los lleve el demonio.
No recuerdo mucho más, sólo aquella noche cálida en la que el cielo se veía por mi ventana liliáceo, veteado de manchas negruzcas y el olor era pegajoso. Después de algunas reflexiones, me insté a subir a la torrecilla que me hice construir. Una vez en la recámara, cerré los goznes dorados de la voluminosa puerta y me encerré allí hasta hoy. Si, no se asusten, estoy muerto en vida, muerto de una forma en la que es mejor la muerte física. Me encuentro en un ignominioso marasmo físico, mi cuerpo enteco apenas ya puede moverse con dificultad. Mi cabeza, otrora portadora de hermosos cabellos, ha devenido en una cetrina piel coronada por pelillos esparcidos veleidosamente. Por extraño que les parezca, quise encerrarme bajo mi voluntad. Gracias a mi acción sé quien he sido, así que, discúlpenme de nuevo, no me juzguen tan a la ligera por mis actos.


Júzguense ustedes mismos y tengan el valor de decir cómo han vivido, no se engañen porque las mentiras se instalarán en sus hermosas cabezas y no sabrán vivir sin espumear bilis. Yo he tenido el valor y sé que confinarme les puede parecer una acción digna del más egregio de los orates pero si son un poco perspicaces, se darán cuenta de que soy inmortal y he perdido la cuenta ya de los lustros en los que me hallo en la faz de esta tierra estéril. No he muerto ni nunca moriré físicamente y gracias a ustedes, tampoco moriré literariamente.
19 diciembre, 2008

LA LLAVE DEL CAMPO

Sabía muy bien que había llegado demasiado pronto. El sol caía aún oblicuo y daba un aspecto cálido a la habitación.

Una fortuita mirada le hizo comprender, rápidamente, que no estaba sola. La inquietud, quizá, le hizo confrontarse con aquel non grato personaje.


que quieres que queria por que ahora mismo he llegado demasiado pronto por que temprano ahora no me asustas


Mostraron las cuencas de sus aturdidos ojos una extraña relajación, como si comenzara a sentirse a gusto en una situación en la que no comenzaba a sentirse a gusto. Le hirió, en lo más hondo de su ser, una mirada decrépita, una mirada de escarnio, una mirada colmada de una intensa podredumbre y, aunque no intentó aguantar semejante ordalía, comprendió toda la mezquindad que encerraban aquellos ojos.

Observó el pelo ralo surgiendo a imprecisas manchas de aquella pequeña cabeza. A escasos centímetros más abajo, la comisura de sus labios dibujó una sardónica sonrisa mientras seguía excrutándola con un enfermizo odio.


¿Te has sentido un nefario al cruzar una fugaz mirada?


Maquinalmente dio un paso atrás y se entretuvo mirando esas manos cubiertas de piel ocre y desgastada que se arrugaba en obscenos pliegues, en las que despuntaban unos sucios y gordos dedos que semejaban lombrices de tierra húmeda.


No puede no ser que hace igual que los mios pero es quien yo que los mios no puede


Fuera ya no se podía divisar la verde pradera, el camino que serpenteaba juguetón entre las briznas de césped, el horizonte rematado por los dos familiares arbolillos rodeados del boj que tanto le gustaba cuando era una niña (solía acodarse en el alféizar de aquella ventana y respirar el aire límpido que la despejaba y la hacía sentirse realmente bien). No, ahora no podía ver la verde pradera, el camino que serpentea, el rematado horizonte y el familiar boj. No, no podía.


que haces ahi mi lugar quitate preferido de ahí por que quien eres tu


Una repentina mueca de estertor en aquel acompañante que miraba con pasividad obscena, la reafirmó en su hieratismo clasicista creia sentirme mejor al llegar apoyarme en mi marco qué quiere El inesperado voyeur despegó lentamente sus labios, dejando entrever una amalgama de imperfectos dientes engastados en una purulenta encía, una imagen que el reflejo del cristal entrecortaba y la llevaba hasta la náusea más profunda que ahora se elevaba desde su garganta hasta la preciosa boca de perfecto nácar.

El marco de la ventana encuadraba muy bien la harapienta imagen encorvada hasta lo irrisorio.

Empero, en un cobarde movimiento de su mano para alcanzar una pequeña figura (un bronceado David barato, burda copia de la infantil estampa que mostró al mundo Donatello), pudo discernir cómo la ¿reflejo? puede que no que quiere andrajosa silueta mimetizaba el torpe escorzo. La vasta mano sujetaba la delicada talla que se ahogaba en un sudor amargo paradigmático del fastigio alcanzado por la vergüenza y la inexplicable pero paulatina podredumbre del alma.


por que me que haces aquí aquí asi estoy mal mal maldita seas


Un esperado arrebato comenzó a corroerla por dentro como ayudada por un exacerbado odio al cetrino cuerpo que llevaba observando demasiado tiempo en suspendido marasmo. El dolor y el odio canalizaron en un nefando lanzamiento que destrozó en añicos los frágiles cristales que esperaban desde la inicial furtiva mirada, haciendo desaparecer el horroroso reflejo. Los irregulares trozos quedaron esparcidos al pie de la ventana, guardando con extrema vanidad retazos de una silueta.

La habitación quedó vacía, en arcano silencio. Desde el alféizar se podían divisar dos árboles alineados a la derecha, un camino que serpenteaba y el boj que tanto le gustaba de niña.