LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES

He pedido cita en La casa de las bellas durmientes y he logrado subir hasta el piso de arriba. Una vez allí me han dado la llave que contenía al viejo Eguchi dentro de una habitación; miraba con calidez y lascivia a la pequeña japonesa que dormía profundamente, desnuda y arropada por una manta eléctrica. Pude observar como la vejez le inundaba los cansados ojos y se escudaba en sus recuerdos insondables, recuerdos moldeados a su gusto. La joven desnuda era el contrapunto perfecto, su némesis carnal, pura, virgen y tranquila.
El viejo se volvió hacia la mesilla y tomó dos pastillas que estaban puestas allí ex profeso, rápidamente se acostó boca arriba y, con sumo cuidado, para no tocar ni el más insignificante milímetro de piel joven, se ladeó en un costado nimio de la cama.
Horrorizado salí de allí para pedir, quince días después, una nueva cita para mi.
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