EL LEGADO

¿Han muerto alguna vez? No, no me contesten si están leyendo esto, por favor. No sean cínicos. Yo, no lo pretendo.
Morí hace cinco años (creo) y no soy capaz de recordar muchas anécdotas de una vida frugal. Aunque, no me pregunten por qué, si que soy capaz de recordar ahora mismo y en cualquier instante, algunos aspectos de mi aviesa existencia y un breve diálogo que tuve, tiempo ha, con alguien (¿quién?):


- Pues una cosa te voy a decir…

- Ya empiezas.

- Déjame que te lo diga.

- Vale, vale, no te interrumpo más..

- A ver si es verdad. Quiero que sepas que a un amigo lo elijo por su apariencia…

- ¡Vaya!

- No me interrumpas, por favor. Y a un enemigo lo escojo por su inteligencia.

- Hombre, eres hábil para saber rechazar a la gente.

- No es eso, he de conocerla antes.

- Pues yo creo que los verdaderos amigos no existen. No, no existen. Es más, alguien escribió una vez que uno nunca se entristece del todo con la desgracia de un amigo.

- Veo que eres un auténtico mal nacido.

- Bueno, piénsalo.


Pienso que nunca me he dado cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo, de su impertérrita delicuescencia. Pero de qué vale arrepentirse ahora. No creo que deba de estar orgulloso de lo que he hecho, de a quien he conocido.
Es ahora cuando miro atrás y logro sentir el tiempo conocido escapándose por entre los dedos de mis manos, tocándome los vetustos surcos de mi cara.
Sé con certeza que mucha gente se sintió decepcionada conmigo, ultrajada y desposeída de su más alta estima al tratar conmigo, lacerada al sentir la breve pátina de mi mirada.


Recuerdo vagamente que me gustaba mirar en derredor y jactarme de la soledad, solazarme en mi profunda avaricia vital. Creo que ya se están creando un juicio, pero, por favor, lean mis palabras y dejen a un lado mi persona.
He conocido a muchas personas, algunas de ellas, las más conspicuas de su clase, otras, las menos, las más abyectas y despreciables. Aunque, por qué no decirlo ahora pasado el tiempo, yo he sido el peor ser humano que he conocido, el de más baja calaña, de una miseria moral enervante, misógino hasta la médula, un ácrata que no creía en nada ni en nadie, a quien la ley le parecía una mera excusa para la subyugaciòn del pueblo, aunque, para serles sincero, yo no pensaba en el pueblo, pensaba sólo en mí.


Solía acudir a fastos en los que se reclamaba mi egregia presencia, empero, disfrutaba mucho más organizando conciliábulos regados de alcohol y abundantes viandas. La más amarga de las razones (ahora me doy cuenta) me llevaba a semejantes cenáculos; me gustaba invitar a personas de baja condición social, tipos idiotas que no sabían cohesionar dos simples pensamientos y soltarlos por sus desdentadas bocas, universitarios a los que me gustaba impeler mediante mis viles y torvas ideas y, por supuesto, sabía que no me iban a contestar estupideces preñadas de la más antigua retórica barata. Me enorgullecía en atraer a lenguaraces jóvenes con nula capacidad a la réplica, sin embargo, algo de lo que ahora me he de sonrojar, es de permitir que algunas mujeres de casas de latrocinio cercanas, se acercaran por mi casa y las insultara y denostara hasta que se sintieran más basura de lo que eran; era este momento de aquellas innúmeres noches en las que fustigaba a aquellas furcias, en las que me sentía poderoso, magnánimo ante sus párvulas cabezas y sus intimidados ojos que refulgían de terror y, por que no decirlo de nuevo, asco; un asco extremo, el más amargo de los ascos al ver (supongo) a un hombre de tal calidad moral, de tal capacidad de humillación.


Pero creo que estas famosas cenas no duraron mucho, realmente no tengo la capacidad de acordarme de cuántas organicé. Quizá fueron cinco, quizá fueron cincuenta.
A estas alturas ya se estarán preguntando que a qué demonios me dedicaba y cuál era mi condición social. Es algo que no ha quedado bien grabado en mi frágil memoria. Lo que sé a ciencia cierta es que me aproveché de un familiar mío que poseía gran poder en la zona en que vivía. Si, fui un nepotista, alguien a quien le gusta escalar posiciones sin tocar la mugre de clases inferiores, de gentes apestadas y sarnosas cuyas casas infestadas de ratas, desprendían el olor nauseabundo y agrio de la insalubridad.


De algo que me acuerdo bien es de mi pequeño palacete de estilo renacentista, perfectamente ornado en su tejado, por un pequeño cimborrio gótico que hice construir y no me digné a retribuir. En esta pequeña torre conminé a instalar una diminuta recámara en las que apilé mi exorbitante colección de deliciosas figuras cuidadosamente coleccionadas a lo largo de los años. Si de algo se me puede acusar es de fetichista, aunque eso si, el mas delicado y exhaustivo de los fetichistas a los que conocí, que, por cierto, no fueron ni muchos ni muy delicados y exhaustivos.


La lacerante apatía que, creo, les estoy haciendo despertar de su largo letargo de armonía y filantropía creo que es injustificada porque, créanme si les digo que pagaría algunos cientos de copecs por ver qué habrían hecho ustedes en mi posición. No me degraden de antemano y sólo por unas míseras líneas.
Si he de decir algo más de mi confusa existencia que no me lo impidan los vagos recuerdos (y puede que a ustedes no les importe), es que fui un escritor diletante. No me ganaría nunca una soldada con mis paupérrimos escritos aunque, para ser sincero, lo intenté, lo intenté en varias ocasiones ya que ese realismo imperante en la literatura no era para mí. He de decir que fracasé en los intentos de poder hacer apreciar a la gente que mi obra era excelsa, magníficamente estructurada y de una cohesión y profundidad moral y vital sin parangón. Nadie me entendió, ni siquiera llegaron a columbrar mi osadía literaria. Que se los lleve el demonio.
No recuerdo mucho más, sólo aquella noche cálida en la que el cielo se veía por mi ventana liliáceo, veteado de manchas negruzcas y el olor era pegajoso. Después de algunas reflexiones, me insté a subir a la torrecilla que me hice construir. Una vez en la recámara, cerré los goznes dorados de la voluminosa puerta y me encerré allí hasta hoy. Si, no se asusten, estoy muerto en vida, muerto de una forma en la que es mejor la muerte física. Me encuentro en un ignominioso marasmo físico, mi cuerpo enteco apenas ya puede moverse con dificultad. Mi cabeza, otrora portadora de hermosos cabellos, ha devenido en una cetrina piel coronada por pelillos esparcidos veleidosamente. Por extraño que les parezca, quise encerrarme bajo mi voluntad. Gracias a mi acción sé quien he sido, así que, discúlpenme de nuevo, no me juzguen tan a la ligera por mis actos.


Júzguense ustedes mismos y tengan el valor de decir cómo han vivido, no se engañen porque las mentiras se instalarán en sus hermosas cabezas y no sabrán vivir sin espumear bilis. Yo he tenido el valor y sé que confinarme les puede parecer una acción digna del más egregio de los orates pero si son un poco perspicaces, se darán cuenta de que soy inmortal y he perdido la cuenta ya de los lustros en los que me hallo en la faz de esta tierra estéril. No he muerto ni nunca moriré físicamente y gracias a ustedes, tampoco moriré literariamente.

LA LLAVE DEL CAMPO

Sabía muy bien que había llegado demasiado pronto. El sol caía aún oblicuo y daba un aspecto cálido a la habitación.

Una fortuita mirada le hizo comprender, rápidamente, que no estaba sola. La inquietud, quizá, le hizo confrontarse con aquel non grato personaje.


que quieres que queria por que ahora mismo he llegado demasiado pronto por que temprano ahora no me asustas


Mostraron las cuencas de sus aturdidos ojos una extraña relajación, como si comenzara a sentirse a gusto en una situación en la que no comenzaba a sentirse a gusto. Le hirió, en lo más hondo de su ser, una mirada decrépita, una mirada de escarnio, una mirada colmada de una intensa podredumbre y, aunque no intentó aguantar semejante ordalía, comprendió toda la mezquindad que encerraban aquellos ojos.

Observó el pelo ralo surgiendo a imprecisas manchas de aquella pequeña cabeza. A escasos centímetros más abajo, la comisura de sus labios dibujó una sardónica sonrisa mientras seguía excrutándola con un enfermizo odio.


¿Te has sentido un nefario al cruzar una fugaz mirada?


Maquinalmente dio un paso atrás y se entretuvo mirando esas manos cubiertas de piel ocre y desgastada que se arrugaba en obscenos pliegues, en las que despuntaban unos sucios y gordos dedos que semejaban lombrices de tierra húmeda.


No puede no ser que hace igual que los mios pero es quien yo que los mios no puede


Fuera ya no se podía divisar la verde pradera, el camino que serpenteaba juguetón entre las briznas de césped, el horizonte rematado por los dos familiares arbolillos rodeados del boj que tanto le gustaba cuando era una niña (solía acodarse en el alféizar de aquella ventana y respirar el aire límpido que la despejaba y la hacía sentirse realmente bien). No, ahora no podía ver la verde pradera, el camino que serpentea, el rematado horizonte y el familiar boj. No, no podía.


que haces ahi mi lugar quitate preferido de ahí por que quien eres tu


Una repentina mueca de estertor en aquel acompañante que miraba con pasividad obscena, la reafirmó en su hieratismo clasicista creia sentirme mejor al llegar apoyarme en mi marco qué quiere El inesperado voyeur despegó lentamente sus labios, dejando entrever una amalgama de imperfectos dientes engastados en una purulenta encía, una imagen que el reflejo del cristal entrecortaba y la llevaba hasta la náusea más profunda que ahora se elevaba desde su garganta hasta la preciosa boca de perfecto nácar.

El marco de la ventana encuadraba muy bien la harapienta imagen encorvada hasta lo irrisorio.

Empero, en un cobarde movimiento de su mano para alcanzar una pequeña figura (un bronceado David barato, burda copia de la infantil estampa que mostró al mundo Donatello), pudo discernir cómo la ¿reflejo? puede que no que quiere andrajosa silueta mimetizaba el torpe escorzo. La vasta mano sujetaba la delicada talla que se ahogaba en un sudor amargo paradigmático del fastigio alcanzado por la vergüenza y la inexplicable pero paulatina podredumbre del alma.


por que me que haces aquí aquí asi estoy mal mal maldita seas


Un esperado arrebato comenzó a corroerla por dentro como ayudada por un exacerbado odio al cetrino cuerpo que llevaba observando demasiado tiempo en suspendido marasmo. El dolor y el odio canalizaron en un nefando lanzamiento que destrozó en añicos los frágiles cristales que esperaban desde la inicial furtiva mirada, haciendo desaparecer el horroroso reflejo. Los irregulares trozos quedaron esparcidos al pie de la ventana, guardando con extrema vanidad retazos de una silueta.

La habitación quedó vacía, en arcano silencio. Desde el alféizar se podían divisar dos árboles alineados a la derecha, un camino que serpenteaba y el boj que tanto le gustaba de niña.