Supongo que esta entrada (a las rodillas) puede reflejar uno de vuestros pensamientos cuando veis en un centro comercial, papelería, juguetería, sex shops (espero que no) o sucedáneos a gente que ha vendido hasta a su señor padre.
Había una vez un programa que nació titubeante, ocupando un lugar imperceptible en la temida parrilla televisiva, el monstruo del share vigilaba en lontananza hasta que, poco a poco, aquel programa fue creciendo de tamaño, un tamaño tan descomunal como uno de los huevos de Paul Banyan. El susodicho programa no era bienencarado, todo lo contrario, su tez era cetrina y su poca gracia hacía a la gente reír por no cagar; pero resulta que cruzando el charco en el que estaba metido, topóse con dos estrábicas hormigas que le acompañaron en sus andanzas, dotándole de gracia caduca.
Además de estas simpáticas hormigas, fue reclutando a los más variados engendros televisivos para su propio lucimiento: un extraño científico disléxico, un men in black en paro y a un calvo sin gracia pero mago. Este elenco, esta pléyade, era de órdago pero decidieron hacerse fuertes contratando rutilantes estrellas del firmamento de los euros al contado.
- ¡Guau! ¡Qué famosos somos! ¡Queremos perras!
(Aún retumba el eco de aquellos comentarios en los sets lóbregos de Cuatro).
El programa, listo como él solo, ávido de "pavos" de a 500, decidió que todo debía dar un pequeño gran giro. Si todos sus componentes eran estrellas (con fuerte jerarquía, como no), iconos en los que fijarse, por qué no vender hasta los derechos de una mierda gestada en vete tú a saber que water closed. Todo lo visto se puso a la venta y los pingües beneficios vinieron raudos al programa de marras.
Viendo el éxito alcanzado se propusieron, por qué no, ir más allá de las fronteras que les oprimían vendiendo su formato.
- ¡Hurra!
Las hormigas, jóvenes y re-verdes, chuparon de la teta hasta desgajarse, que no separarse, para intentar acertar los acordes de las canciones facilonas (otrora impolutas y santas, cantadas sólo por amigos en simpáticas borracheras) de dibujos ochenteros. Escaso arte, demasiada repercusión.
Aún siguen chupando de la teta y gracias a su fama también chupan otras tetas.
Moraleja
No sé si esto se merece una coda porque, quizá, yo haría lo mismo (¡quiero los euros frescos que os sacan vuestros hijos!) pero, digo yo: ¿le llevará tanto éxito al hastío a alguien?
- Vete a dormir ya, hombre, por favor. O a zurrir mierdas con un látigo.